lunes, 29 de octubre de 2012

11:20pm

Es como un gran cliché el escribir a la luz de una vela en una noche oscura, silenciosa, solitaria, mientras la luna te acompaña a la par de tus pesares... ¿no es así? Esta noche no es silenciosa, el ruido de mis compañeras de residencia es algo permanente a lo cual terminas por acostumbrarte, los autos en la calle, las personas, las voces, y hasta mi propio subconsciente que repite una y otra vez aquella melodía que tanto me gusta es un intento de hacerme sentir mejor.
Tampoco puedo ver la luna, quizá porque estoy encerrada en esta calurosa habitación, y por ahora prefiero que así sea. No estoy sola, Soledad duerme en la cama contigua... Soledad, Soledad, qué gran persona, algún día escribiré sobre ella, supongo que no será hoy.
Entonces, ¿si no escribo sobre mi querida compañera de cuarto, ni de algún silencio que me abruma o desespera, o de esta bella llama que me alumbra, o de la luna... a quién le escribo?

A mí, a mi pasado. A ella.

Hace mucho no sucedía, ¿verdad? No debí haberla nombrado, su nombre es una maldición, cinco letras que forman la llave de un pasado que de algún modo me gustaría olvidar... aunque temo a perder mis recuerdos.
Nombrarla se siente como enterrar la uña en una cicatriz de una yaga profunda, la cual se curó sólo por fuera mientras su interior aún arde y se pudre en la fetidez de los recuerdos, del odio y el resentimiento.

Sí, eso es lo que me sucede y no pienso negarlo ahora, de hecho lo escribiré: Ella ne hizo daño, mucho daño, pero no puedo culparla... no quiero hacerlo.
Luisa es... indescifrable, ella es única, es especial. Nunca nadie me hizo verme a mí misma como ella, nunca nadie vio en mí lo que ella vio, y... creo que nunca nadie lo verá. A veces me pregunto si mi baja autoestima tendrá algo que ver en todo esto, si lo que necesito es sentirme querida amada y protegida entre sus brazos, su seguridad y aquella sonrisa...
Ahora sólo quiero llorar, fumar y verla, besarla, detener el tiempo y sentir que nada importa más que abrazarla contra mi cuerpo, aunque esté destinada a perderla, de nuevo (como siempre).

Recordar me hace mal, pensar me hace mal, llorar me hace mal, me hace débil, pero cuando estoy mal tengo una excusa para fumar hasta sentirme peor y entonces, sólo entonces, dormirme en mis lágrimas y mi pesar, siendo consciente de mi patética existencia y esperando que jamás llegue la luz del siguiente día.

Es una mierda, todo es una mierda. Una completa, completa, completísima mierda.
¿Y de qué me sirve escribir esto acá? ¿De qué me sirve deprimirme de este modo? ¿De qué me sirve fumar hasta sentir nauseas por lo patética que mi vida se ha tornado? De nada, de una mierda.

¿De qué...? Lo he estado pensando. 3:49am. Nauseas. Me tiemblan las piernas, ¿será por los cigarrillos? Quizá, o podría ser por lo patética de mi vida y el hecho de que tengo ganas de vomitar y no puedo hacerlo por dos razones: 1) No tengo nada en el estómago. 2) Hay una cucaracha en el baño.
¿Qué mierda estoy escribiendo? Nada.

Si realmente al quemar las cosas desaparecieran ¿la hubiera quemado ya? ¿cuántas veces habría escrito su nombre? ¿cuántas veces habría plasmado cada uno de sus besos? ¿cuántos de esos papeles habría empapado con lágrimas? ¿habría quemado sus traiciones? ¿las mías? ¿el dolor? ... ¿Realmente lo hubiera hecho?
Y si lo hubiera hecho, ¿tendría mi vida el mismo sentido que ahora?