ADVERTENCIA: Contenido explícito. Relaciones sexuales hombrexhombre/slash/yaoi. Muerte de un personaje. Necrofilia.
Mentiría si dijera que no había disfrutado cortar su cuerpo.
Si dijera que el sentir su sangre tibia recorrer por mis manos no me había
causado cierto placer
Aún hoy sus gemidos de dolor y placer retumban en mi cabeza
como el eco en una habitación vacía. Casi puedo sentir su piel tibia de nuevo
entre mis manos, casi puedo sentir los suspiros que dejó salir en mi boca
mientras lo penetraba. Recuerdo sus ruegos, sus suplicas, sus lágrimas saladas
que caían en mis labios bien recibidas, pero era exactamente eso lo que me
incitaba a seguir, su dolor. Su dolor me causaba un placer inimaginable. Aquella voz perfecta cantando solo para mí,
dejando escapar gemidos de dolor entre su inconciencia y el placer.
Recuerdo perfectamente como lo seduje, como me gané su
confianza en tan solo un día, y en ese día pude verlo en sus ojos: ya me amaba.
Hice que me llevara a su departamento, me deseaba, y yo a él.
Recuerdo perfectamente el miedo en sus ojos cuando mientras
lo acariciaba, saqué la navaja de mi bolsillo, acariciando su rostro perfecto
sin hacerle aún daño. Debía hacer que confiara en mí, no se me iba a escapar.
Empecé a desvestirlo, pasando mi navaja por los caminos que mis manos abrían
hacia su piel, estremeciéndolo por el frío del metal. Me separé de sus labios
para empezar a repartir besos por su pecho, y bajar hasta su vientre y más
abajo. Su hombría tenía un sabor delicioso, y me dediqué a darle placer unos
minutos. Cuando mi navaja se internó en la piel de su vientre, dando paso a
unas pequeñas gotas de sangre, él estaba tan absorto que ni siquiera lo noto.
Yo por mi parte esperé que su sangre bajara hasta la base se su pene para
lamerla, para combinarla con su esencia y largue un gemido al saborearla. Lamí
su herida con mesura, limpiándola, mientras a él se le escapaba de los labios
el primer gemido de dolor, el primero de muchos. Lo recosté en su propia cama y
amarré sus manos a la cabecera de esta. Separé sus piernas lentamente, él me
miraba atento, pendiente de todos y cada uno de mis movimientos. Me acerqué a
su entrepierna y justo antes de llevarla a mi boca, él suspiró. Así que decidí
torturarlo un poco más. Solté mi aliento sobre su entrepierna, oyéndolo suspirar
de nuevo, y mientras él estaba absorto en la ansiedad, yo comencé a hacer
figuras con mi navaja en la piel de sus muslos. Figuras con líneas cada vez más
profundas. Sus piernas se mancharon de ese líquido carmesí que me enloquecía,
tomé todo lo que pude de ese precioso néctar entre mis manos, y lo llevé a mis
labios, saboreando lo metalizado en cada gota de su esencia. Él para ese
momento, ya lloraba, sollozando apenas. Me acerqué a sus labios, y lo besé,
para que él también saboreara su propio néctar, y mientras lo besaba me acomodé
entre sus piernas para penetrarlo. ¡Dios! ¡Que estrecho estaba! Era virgen. Y
apenas lo supe, me adentré en el con una envestida que lo hizo gemir y soltar
otras dos lágrimas, me acerqué a él, y bese sus ojos, lamiendo sus lágrimas.
No puedo definir exactamente en qué momento empecé a
obstruir su garganta con mis manos, quizá lo hice desde un comienzo, pero
seguramente fue ese maravilloso orgasmo al que lo hice llegar el que le quitó
el aliento final. Y ahí vino la mejor parte: cuando dejó de luchar. ¡Debería
ser un pecado sentir tanto placer! Supe justo el momento en el que su alma se
iba de mis manos, porque su cuerpo se doblegó totalmente a mi voluntad, y ahí
perdí la cordura.
Mordí sus labios inertes hasta hacerlos sangrar, lo penetré
hasta el fondo, desgarrando su interior, y pude sentir como la humedad invadía
aún más su cavidad ¡y fue tan placentero! Así que tomé mi pequeña navaja, y
empecé a hacer nuevos cortes sobre su vientre, embadurnándome en su sangre aún
tibia.
Pude sentir su cuerpo cambiar de temperatura bajo el mío,
hasta ponerse casi tan frío como el otoño que se desarrollaba fuera de mi
ventana. Y sentí ese frío rodear mi miembro, porque se había enfriado de
adentro hacia afuera, su alma era su calor, y ahora ya no estaba.
Y ese frío se sintió extremadamente placentero. Así que me
separé por un segundo de su cuerpo y abrí las ventanas del balcón, dejando que
el viento helado entrara en su departamento, llenándolo todo con pequeñas hojas
secas. Lo desaté y comencé a morder sus manos heladas cuando sentí el orgasmo
avecinarse. Apreté su piel a tal punto de rasgarla con mis uñas. Intenté
introducir mis dedos en las heridas que había hecho en su vientre y lo logre,
dándome paso a sus intestinos. Tomé la navaja, y la clavé de lleno en su cuerpo
sintiendo sus fluidos derramarse en las sábanas, manchándolas de uno y mil
colores.
Y finalmente, me vine. Llegué en su interior, brindándole un
poco de calor en mis fluidos. Me acosté totalmente sobre el cuerpo inerte y
frío, untándome el vientre con su sangre, sus jugos gástricos y su semen, que
aún estaba sobre su miembro.
Me quedé ahí unos minutos, mientras mi respiración se
relajaba, y luego me levanté, jugué con la sangre aún pegajosa entre mis manos
y lo miré. Aún en la muerte su rostro era hermoso.
Me acerqué lentamente y bese sus labios superficialmente,
era un beso de despedida.
Recuerdo haber tomado una ducha, y haber incinerado el
apartamento y haberme largado de allí. No quedaron pruebas, pero en mis
recuerdos aún existe él, con sus ojos brillantes, con su piel perfecta, con sus
labios suaves. Aún existe la frialdad de su cuerpo que me rodeó.
Y aún hoy, cuando recuerdo esa noche, mi entrepierna revive
y mi conciencia desaparece, incitándome a buscar a alguien que me provoque él
mismo placer que él.